El peso del cuero gastado
El Sol de Santa Cruz no pedía permiso se incrustaba en la piel como una aguja al rojo vivo dictando el ritmo de una ciudad que parecía ayudar a asfalto.
Arturo caminaba por la acera del segundo anillo sintiendo como el calor atravesaba la suela de sus zapatos unos mocasines que había visto mejores épocas y que ahora mostraban la fatiga de mil batallas fallidas.
En su mano derecha el maletín de cuero marrón un regalo de graduación de su padre pesaba más que si tuviera lleno de lingotes de plomo sin embargo estaba vacía no había expedientes ni contratos ni siquiera un miserable borrador de demanda solo El eco de su propia respiración y el goce de un pañuelo húmedo contra su frente a sus 41 años Arturo se sintió como un espectro en una ciudad que corría hacia la modernidad sin mirar atrás 5 años ese era el tiempo que había pasado desde su nombre figuró por primera vez en la puerta de un despacho.